Los niños golpeados reciben golpes que duelen, que duelen mucho, pero además los reciben en un contexto de terror y desprotección donde las relaciones de poder son profundamente desiguales y asimétricas. Lo más profundamente traumático es el ambiente de tensión y terror latente que existe en estas familias.
Hay un componente siempre presente en las situaciones de maltrato: la impotencia. El niño víctima de maltrato está sumergido en una vivencia de impotencia casi permanente, porque está completamente en manos de su padre agresor y a menudo sin la protección de otro. La indiferencia de otros adultos, vecinos y/o profesores que no hacen nada para cambiar la situación le encierra aún más en esa situación de impotencia.
Todo intento de resistir al carácter injusto de los golpes, de denunciarlos o de huir se ve bloqueado por sentimientos de culpabilidad, la dependencia hacia la familia y la indiferencia del medio.
El niño se encuentra en una situación de peligro permanente. Cuanto más pequeño es, mayor es su angustia y su impotencia. En este ambiente, el niño víctima aprende a considerar su impotencia como normal, aprende a dejarse llevar, a no reaccionar frente a la agresión. O puede que al contrario, el niño controlará su miedo, su angustia extrema y su impotencia, se identificará con el agresor y más tarde podrá convertirse en un padre agresor.
El dolor es otro de los componentes del maltrato físico. Un hecho que ha sorprendido, es que las víctimas de este tipo de violencia a menudo no tienen un recuerdo claro de ese dolor. Es como si la experiencia de terror y de miedo ocupara todo su espacio de memoria. Esta constatación es también frecuente en la experiencia de personas que fueron víctimas de la tortura.
Extracto del libro de Jorge Barudy
Hay un componente siempre presente en las situaciones de maltrato: la impotencia. El niño víctima de maltrato está sumergido en una vivencia de impotencia casi permanente, porque está completamente en manos de su padre agresor y a menudo sin la protección de otro. La indiferencia de otros adultos, vecinos y/o profesores que no hacen nada para cambiar la situación le encierra aún más en esa situación de impotencia.
Todo intento de resistir al carácter injusto de los golpes, de denunciarlos o de huir se ve bloqueado por sentimientos de culpabilidad, la dependencia hacia la familia y la indiferencia del medio.
El niño se encuentra en una situación de peligro permanente. Cuanto más pequeño es, mayor es su angustia y su impotencia. En este ambiente, el niño víctima aprende a considerar su impotencia como normal, aprende a dejarse llevar, a no reaccionar frente a la agresión. O puede que al contrario, el niño controlará su miedo, su angustia extrema y su impotencia, se identificará con el agresor y más tarde podrá convertirse en un padre agresor.
El dolor es otro de los componentes del maltrato físico. Un hecho que ha sorprendido, es que las víctimas de este tipo de violencia a menudo no tienen un recuerdo claro de ese dolor. Es como si la experiencia de terror y de miedo ocupara todo su espacio de memoria. Esta constatación es también frecuente en la experiencia de personas que fueron víctimas de la tortura.
Extracto del libro de Jorge Barudy


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