Barudy (1998), hace una lectura ecosistémica del maltrato infantil desde la Terapia Familiar. En una familia sana, la interacción adulto-adulto y adulto-niño tiene como función que cada miembro se confirme en su condición humana. La agresividad, la sexualidad, y los modelos de crianza son recursos para producir, defender y reproducir la vida. Su emocionalidad predominante, es la: "emocionalidad del amor"
Para lograr este ambiente, el sistema familiar dispone de recursos que por una parte canalizan la agresividad y la sexualidad dentro de la familia, y por otra parte, producen las conductas que son necesarias para cuidar, proteger y socializar a los niños. Estos "rituales" (comportamientos y representaciones) cumplen el rol de reguladores que garantizan la cohesión del conjunto de la familia.
Si los rituales fallan, los miembros de la familia se verán confrontados a un desbordamiento emocional que se expresará en forma de violencia familiar.
Cuando los rituales que fallan son los encargados de manejar la agresividad en el interior de la familia esto produce violencia y maltrato físico. Si los que fallan son los que regulan la atracción sexual entre adultos y niños ligados por las experiencias de apego el resultado es el abuso sexual. Por último, si no existen parcial o totalmente lazos de apego se da el caso de abandono o de la negligencia en niños. En este caso se dice que los rituales ya no existen, los miembros de la familia son "transparentes"los unos para los otros y los niños y sus necesidades son casi invisibles para los adultos.
Para permanecer vivos y desarrollarse, los organismos vivientes tienen que destruir y "devorar" a otros. Una fuerza emocional es necesaria no sólo para alimentarse y alimentar a los miembros de la familia, sino también para defenderse y defenderlos de los ataques que vienen del exterior.
La agresividad corresponde a esa mezcla de emociones, de comportamientos y de palabras presentes en una familia.
Según Cyrulnik (1991), uno de los desafíos de la familia humana es el control de la agresividad de sus miembros. Diferentes observaciones etológicas nos enseñan que para destruir o hacer daño a alguien de su especie o de su familia es necesario que los rituales que mantienen los vínculos afectivos y la sincronización de los miembros en un sistema se debiliten o desaparezcan.
El ritual no es solamente un mecanismo que permite la regulación de los intercambios agresivos dentro de la familia, sino que también organiza la atribución de roles, tareas y funciones de los miembros del sistema para afrontar las situaciones conflictivas. Los rituales también permiten reencontrarse, dialogar y asegurar el respeto a las personas implicadas en la interacción.

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