No puedo dormir, está lloviendo, se agradece la tormenta en estos calurosos días de septiembre.
Hoy he subido en el ascensor con una compañera de trabajo que acaba de tener un accidente en coche con toda su familia. Si el camión no hubiera estado ahí: hubieran muerto, si su coche no hubiera podido aguantar el golpe: hubieran muerto, nos autofascinamos con nuestras vidas, nuestra propia fragilidad como seres humanos.
Estoy en un momento extraño, en pocos meses han muerto personas importantes para mi de alguna forma, aunque ya no tuviera mucha relación últimamente con ellos. Personas como el vecino de arriba, que me regaló todos los libros de sus hijas cuando se independizaron, que me hacía reflexionar sobre mi vida cuando me paraba en la escalera, que yo evitaba últimamente, no quería pararme a hablar. Estaba muy mayor, temblaba cuando caminaba.
Otra persona importante que murió hace una semana es mi tio, también muy mayor, es importante porque él y mi tía me apoyaron de pequeña, fueron la familia que me llamó cuando hice la selectividad, la tía que me hacía de padrina y me traía regalos aunque no le correspondía. Fueron mitos familiares, los que marcaron los pasos de mi familia. No podía salir con chicos hasta la edad en la que empezaron a salir con chicos mis primas, si se compraba un sofa, tenía que ser como el de mi tío...muchas cosas. Mi tia fue la mejor amiga de mi madre durante años y cuando murió de cancer como mi madre dejó un gran vacío en su vida. De mi tío y mi tía me había distanciado desde hace tiempo, cuando las hijas de mis primas empezaron a crecer y fueron tomando protagonismo como abuelos. Era una persona importante para nosotros por muchas cosas y una bella persona que siempre ayudaba a sus hijos, una persona generosa, orgullosa también pero unía a la familia.
Es de esos momentos en que vives y no sabes porque vives pero sabes lo importante y el milagro que es simplemente poder vivir, tener tu vida.
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